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domingo, 4 de noviembre de 2012

Francisco López

La mañana se presentaba como una mas de esa rutinaria vida que Francisco López llevaba desde hacia al menos cuatro décadas, empleado ferroviario, hincha fanático de Platense y una agudeza extrema a la hora de emitir opinión sobre temas de actualidad, quizás el hecho de ser un “Autodidacta” de esos hombres, cuya pasión por la lectura lo hacían ver el mundo desde una perspectiva poco usual para alguien cuya vida se montaba sobre rieles, señalizaciones y barreras que casi nunca funcionaban con la precisión de sus pensamientos.

Aprontar el mate, era el paso inicial de la ceremonia diaria, darle de comer a su gatita mientras el agua se calentaba presurosamente era la señal de que un nuevo día comenzaba para aquel hombre que había vivido todas las revoluciones desde adentro de una maquina que tiraba mas de ocho vagones plagados de vidas como las de él.

Amargos, dulces, tibios, todos eran igual para el, ya que en su rutina, dejar el mate olvidado en su improvisada biblioteca mientras escogía la lectura diaria, era parte del paisaje cotidiano de esa humilde vivienda de La Paternal, mate que recogía al recordar su sabor mientras su lectura perdía interés por haber escogido un mal libro o simplemente por enfadarse con el autor del mismo.

De chico, había soñado con ser un escritor famoso, al menos popular, un escritor digno de una Latinoamérica que recordara su nombre, había ensayado varios libros de cuentos, alguna novela inconclusa, poesías para jóvenes y lindas mujeres que rozaron su adolescencia y varias reflexiones sobre su hermoso y amado país, la Argentina. Jamás publico nada, solo guardaba las hojas escritas de manera desordenada que cada tanto las tomaba y corregía siendo su propio editor.

Esa mañana fue distinta, escogió de su biblioteca un librito pequeño, fácil y rápido de leer pensó, su titulo no lo estimulo demasiado, “El Alquimista” pero su escaso tamaño si.

La rutina se quebró desde la primera página de ese libro, su rostro austero y rustico, fue dejando paso a una frescura casi tan jovial como el pastor del cuento, personaje del libro que le daría el empujón necesario para abandonar su rutina; Alicia, nombre con que había bautizado a su fiel compañera de años, su gatita, yacía durmiendo entre sus piernas, lugar que siempre privilegiaba mientras francisco leía; el contacto con la piel de aquel felino y su ronroneo mientras la acariciaba, era sin dudas el mejor sedante jamás recetado por su medico.

Por primera vez un libro le hablaba a él, sin mencionarlo, le gritaba, le ordenaba que si su vida no era la que había soñado de chico, la misma se había perdido en algún momento, se había distorsionado el camino trazado por el, y tan solo, estaba acompañando el paso del tiempo, no estaba viviendo el tiempo como protagonista y ese pensamiento lo perturbo a tal punto que fue el segundo día en su vida que decidió no ir a trabajar, el primero, fue un llamado interno que lo convoco a asistir al velatorio de un fallecido ex presidente de su país a quien sin conocer personalmente había sentido su muerte de manera muy particular.

Ni siquiera aviso, no pidió parte medico, falto y pago las consecuencias de no avisar, como era un operario de años y de muy buena referencia entre supervisores y jefes, nadie le objeto ese primer día sin aviso, este nuevo día, seguramente seria objetado, no por la falta en si, sino, por ser el primer día de una serie continua de faltas que no le intereso justificar de manera alguna, porque sabia que no estaba faltando a su trabajo, estaba comenzando a asistir a su vida.

Alfonso Quijano II
3/11/2012

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