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miércoles, 31 de octubre de 2012


Don Raúl

“Don” Raúl, como lo llamábamos en el barrio, cumplía su rutina diariamente como pagando culpas, al levantarse, casi siempre con los primeros rayos del sol, barría su vereda sin importarle demasiado su estado, poco le importaba si había hojas, papeles o excremento de perros, el solo sostenía su escoba de manera firme, peinando las ya gastadas baldosas calcáreas.

Todos los días, se dirigía al taller del barrio, ahí, lo esperaba otra de sus rutinas, cebarnos unos ricos mates, que solo el sabia preparar de esa manera inusual; su andar, bien fue descripto en la canción “El viejo Matías” sus pasos parecían pedirle permiso al viento.

Al llegar al taller, sin mediar palabra alguna, preparaba el mate, y comenzaba la ronda, no conocíamos la voz de aquel hombre de contextura robusta y mirada austera, sin embargo aprendimos a apreciarlo por aquel acto rutinario, nueve años que trabajo en el taller y don Raúl y sus mates ya era parte de la escenografía cotidiana.

Pensábamos que podía ser mudo, salvo por aquellas exhalaciones bruscas en su respiración que nos decían lo contrario.

-Don Raúl, estos mates están riquísimos, pero le falta algo.

Tan solo esa frase, era el disparador para que Raúl, se levantara, se acercara a la improvisada caja del taller, tomara cinco pesos y se dirigiera a la panadería de Felisa en buscas de los bizcochitos de grasa, (Especialidad de la panadería “El Cañón”. Nunca supe, como Felisa con tan solo verlo a Raúl entrando al comercio, comenzara a pesar los bizcochitos de grasa hasta que su balanza digital marcara la cantidad de cinco pesos, ya que Don Raúl, no omitía palabra, solo extendía su mano con el billete y se lo entregaba. Al regresar con los bizcochitos, continuaba su ronda, sin equivocarse jamás sobre el destinatario del mate.

El hecho de mandar a buscar los bizcochitos a Raúl, fue parte de una idea mía, ya que había notado que jamás salteaba a nadie en la ronda, sabia perfectamente a quien le correspondía el turno y éramos tres tomando la infusión, ya que don Raúl, solo cebaba. Nueve años, la misma rutina y no se equivocaba, ni aun, cuando de manera “fortuita” colocaba el mate en alguna carrocería de algún auto para reparar, buscando en ese acto despistar a don Raúl; o cuando de manera intencionada le pasaba el mate a mis compañeros para que ellos fuesen los que entregaran el mate, confundiendo a don Raúl, el recibía el mate, lo cebaba y volvía a entregar el mate al verdadero destinatario sin inmutarse.

Debo reconocer que esa exactitud en don Raúl, me perturbaba, al punto que era un comentario obligado en cualquier reunión social, evento o tan solo en una simple charla de amigos en el bar de “Pérez”. A tal punto me perturbaba que decidí preguntarle sin mas rodeos, ya nueve años observándolo habían sido mas que un tiempo prudencial.

-Don Raúl, noto que jamás se equivoca con la ronda del mate, cual es su secreto.

Me conformaba con una mirada, no esperaba respuesta de aquel hombre que no omitía sonido, salvo en su respiración en forma de suspiro. Sin embargo después de un leve mueca en su rostro, me sonrió y murmuro.

-Equilibrio, hijo, equilibrio.

Aun recuerdo el silencio sepulcral que se dio en el taller tras aquella frase, no por la respuesta en si misma, sino, por quien la había pronunciado; me acerque a don Raúl y casi con voz entrecortada le entregue el mate, recogí un bizcochito y le lance otra pregunta, tratando de entablar una conversación.

-¿Que es eso del equilibrio?

-Muy fácil hijo, ustedes para mi, son tres docenas, yo soy la banca y el azar, pero esta vez, el equilibrio será perfecto.

Quede perplejo por su respuesta, no por el contenido, ya que no sabia muy bien que significaba, mi asombro, fue por la construcción de la frase, la seguridad en sus palabras, el tono firme de las mismas. Aquella noche, no pude dormir, don Raúl hablaba, podríamos conocer su historia, ya que tan solo sabíamos, que había vivido en el mismo lugar desde hacia sesenta y nueve años, no sabíamos que había sido de su vida, no conocíamos amigos, parientes, nada que reconociera a aquel hombre como parte importante de un pasado. Espere ansioso el nuevo día, la nueva rutina de mates, quería indagar en la vida de don Raúl.

Pasadas las nueve de la mañana, aun don Raúl no había pisado el taller, jamás había faltado a su rutina, casi como si se tratara de un empleado mas, cuando fueron las once, comenzamos a preocuparnos por el. Al cerrar el taller con un sabor amargo aquel día, y al regresar a mi casa, forzando el recorrido para poder pasar por el domicilio de don Raúl, alcance a ver aquella escena; una morguera, una camilla, dos enfermeros y una bolsa negra fueron los elementos que me indicaron que el equilibrio había sido perfecto.


Alfonso Quijano II
17/06/2011

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